La mente humana es muy poderosa. Idealizamos gente que no conocemos, generando endorfinas que nos ayudan a salir de nuestra monótona cotidianidad. Nos regocijamos de consumir historias ajenas; chismecito, como le llaman coloquialmente, y lo hacemos para generar emociones. Esta mañana me ha pasado, la chica del transporte público no llegó tarde, y subió con su hija esta vez. ¿Qué edad tendrá? La primera pregunta que viene a mi mente. Una mamá joven. Pero qué mal hábito tengo de verla como si no fuera bastante obvio. ¡Alto! Pide mi conciencia. Ellas tienen su mundo, una realidad aparte. Van siete días -no seguidos- coincidiendo en el trayecto a nuestros trabajos, no pensé en hablarle hasta hoy, estaba decidido, pero me he enterado de su maternidad justo cuando subió con una niña, aunque no me lo tomé como algo sorpresivo. Ella me ha visto, esta mañana me ha dirigido la palabra por segunda vez, la primera fue un: “Adiós”, el jueves pasado antes de bajar del transporte, con una sonrisa enternecida. Hoy solo me preguntó por una dirección, mi respuesta fue breve, pero sirvió para que ella escuchara mi voz, en cambio yo la escucho muy a menudo, no sé si se da cuenta pero asumo que sí, manda mensajes de voz durante el trayecto por teléfono, una práctica bastante común en nuestros días. A veces se me olvida que ya estamos en el 2025.
Regreso al tema de la idealización. Quizás solo quiere ser amable, tener un amigo. Pero su mirada me dice más: sus ojos acentuados por los lentes que lleva, su sonrisa, sus manos, dedos pequeños, sus tatuajes, su vestimenta; calzado, falda, labial. Recuerdo su playera de “Rick y Morty” de la semana pasada, recuerdo también su vestimenta rosa la primera vez que la observé con atención; lashista o manicurista. Recuerdo que dijo algo sobre una reciente separación, me siento un poco culpable de ello, pero estaba sentada a mi derecha, era difícil no escuchar, elementos que me ha dado para conocerla un poco, sin haber entablado alguna conversación.
Parece bastante agradable, una parte de mi implora por invitarla a salir. La otra, la más mesurada me impide actuar por temor a un acoso, como dije, no debe confundirse la amabilidad con otra cosa… Tomaré el riesgo, admitiendo que ella ya tomó la iniciativa dos veces, tal vez si las cosas salen bien y no me percibe muy intenso, mañana mismo ella estará leyendo esto. Por el momento termino mi breve relato diciendo que mis mañanas son mejores ahora que sé de su existencia.